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Ernesto Luis Quirolo, un burrero de ley.
Plumas burreras:"Así empezó mi carrera en las carreras"

Por Ernesto Luis Quirolo (Los Pingos de Todos)

Meterse en ”Plumas Burreras” para compartir con los amigos anécdotas o episodios vividos en este fantástico mundo de las carreras de caballos, nos obliga a hablar –un poco– de nosotros mismos. Aquí voy a recordar una frase del prólogo del libro “Amor se escribe sin Hache”, de Enrique Jardiel Poncela. Allí, el autor dice ”Hablar de uno mismo es tan peligroso como agradable. Hay riesgo de caer en una vanidad estúpida, y hay riesgo de naufragar contra los escollos de la falsa modestia”.

Es casi inevitable hacerse la pregunta ¿de dónde viene este gusto por los caballos de carrera y por las carreras de caballos? Nuestro amigo Marcelo Fébula dice lo suyo en su narración que tituló “Árbol Genealógico”, cuya lectura recomiendo.

En mi familia había unos cuantos burreros, tíos y primos mayores, así que a los 10 años yo ya sabía quién era Yatasto. Y se me cayeron las lágrimas aquel fatídico 30 de Noviembre de 1952 –día del Pellegrini famoso– cuando me informaron esa misma tarde que el máximo crack de la historia había quedado tercero de Branding y Sideral. 

Ya por los 16 años, no me resultaban extraños nombres tales como El Aragonés, Jungle King, Mamboretá, Singapur, Egipto, Pechazo y otros tantos. Los había escuchado muchas veces de mis mayores. El año en que cumplo los 16 –1958–  Manantial se consagra cuádruple coronado. Para ese entonces ya seguía las carreras por los diarios, me leía los programas –competidores y montas– con más entusiasmo que un capítulo de Historia Argentina. No sabría a ciencia cierta quiénes habían integrado la Primera Junta, pero no tenía dudas acerca de quiénes eran Juan P. “Pelusa” Artigas, Rubén Quinteros –a quienes no vi correr– e Irineo Leguisamo, al que sí vi correr y hacer cosas increíbles; aunque para ese tiempo “el Pulpo” ya pisaba los 60 años.

Hay que decir que por aquellos años los “carreristas” no gozaban de mucho prestigio. Nunca sabremos por qué. Hay algunas voces que responsabilizan a los tangos burreros. Sin embargo, el Dr. Mario López Oliva mantuvo una interesantísima charla con Carlos Wolf –gran investigador y buen amigo– acerca de este asunto.  

Carlitos nos reveló, como fruto de sus investigaciones, que existían más de 600 tangos dedicados al turf, y sólo algunos cuentan en sus letras las desdichas del burrero, el resto son homenajes a entrenadores, pilotos o nobles equinos. También el cine nacional, en algunas películas de la década del 50, pone al protagonista en el hipódromo y siempre con suerte esquiva.  En el comienzo del  film Tango Bar (1935) el protagonista Ricardo Fuentes (Carlos Gardel), acodado en la baranda del barco, a punto de zarpar para Europa, mantiene un diálogo con su gran amigo Puccini (Tito Lusiardo) en estos términos:

TL – Aquí tenés, esto es lo que sobró del remate de tu casa.
CG – Guardalo; yo tengo suficiente para llegar a Europa.
TL – Pero…
CG – Guardalo. Eso si… habrá que cambiar de vida, eh? Ya estoy harto de perderlo todo. En las carreras, cuando dos caballos se trenzan en un final palpitante, cabeza a cabeza, mi dinero vuela. 

Y Don Carlos canta "Por una cabeza", que en una de sus estrofas dice: "Basta de carreras / se acabó la timba / Un final reñido yo no vuelvo a ver / Pero si algún pingo llega a ser fija el domingo / Yo me juego entero… qué le voy a hacer".

Como es de imaginar, que un pibe a los 16 años ya tuviera inclinaciones burreras era una preocupación para la familia. En mi caso, para mi santa madre. 

A mí me parece que la veta burrera ya viene de fábrica, luego vienen los hechos o circunstancias que la ponen en acción. No creo que alguien concurra a los hipódromos sólo porque un día un amigo lo llevó para conocer. El tipo ya tenía la pasión adentro. Sólo faltaba que se despertara.

Han pasado más de cincuenta años desde el día que puse por primera vez un pie en la Popular del Hipódromo de Palermo, exactamente el 15 de Agosto de 1962, fecha en que Irineo Leguisamo cumplía 40 años con el turf de Argentina. 

Era miércoles, se celebraba una fiesta religiosa y era un feriado en el que el comercio y la industria trabajaban medio día y feriado completo para la administración pública. Salí al mediodía de la empresa en la que trabajaba, me subí al tren en la estación Retiro, y cuando llegó a 3 de Febrero (No estoy seguro, pero me parece que todavía se llamaba Hipódromo), me bajé. Recorrí el puente que pasaba sobre la Avda. del Libertador, bajé las escaleras, crucé Dorrego y me caminé las interminables cuadras hasta la Tribuna Popular. Iba solo, pero ya sabía de qué se trataba, sabía que era un placé y también sabía que la media cabeza “no era la que colgaba de un gancho” (Del tango “Como querés que te quiera” de Héctor Marcó), en fin, no necesitaba que me explicaran casi nada. 

Apenas cruzada la puerta de entrada, me recibió el aroma de los chorizos y churrascos que se asaban esperando para meterse en un pan de fonda, construyendo el "sánguche" que los aficionados se comían con fruición, sin apartar la vista de la revista que tenían en su mano. Y claro, la primera carrera en temporada invernal se largaba a las once de la mañana; algo había que almorzar.  El término “choripán” todavía no definía al clásico de chorizo.

Por alguna extraña razón quedaron grabados en mi memoria ciertos datos de aquel día. La primera carrera que vi la ganó una yegua de nombre Southern Star, piloteada por el querido y recordado Cayetano Santos Sauro, jockey que fue ídolo de su tiempo. El 15 de Febrero de 1969, su campaña  se truncó a raíz de una rodada en San Isidro con el caballo Empire Flyer. Tenía 46 años y ya no pudo volver a correr.

Llegó el momento de ir a ventanilla. En aquel tiempo había  una apuesta que se denominaba “A descarte”, y funcionaba de la siguiente manera: Cuando un caballo, por sus antecedentes, se destacaba netamente, se lo descartaba en las apuestas, entonces el apostador podía jugar a otro competidor “a descarte”, si el caballo entraba segundo del descartado, cobraba el dividendo correspondiente (no confundir con el placé, que tiene otro sistema de cálculo).  De todos modos igual podía apostar a ganador, si lo deseaba, pero para cobrar tenía que ganarle al descartado. A su vez, uno podía apostar por el descartado, pero el dividendo las más de las veces devolvía el importe apostado –pagaba 2 pesos–; aún no estaba establecido el dividendo mínimo de 2,10 (1,05 en la actualidad). La jugada desapareció poco tiempo después.

Ansioso por debutar acertando elegí para mi primera apuesta en ventanilla a una yegua de nombre New England, conducida por Salvador Di Tomaso, el “Tano”, otro jockey que gozaba de las simpatías del público y como un destino cruel, perdió la vida en San Isidro conduciendo a Huxley (Cardington King y Hussna), en una carrera en la que su conducido se pialó con Chocano (Luis Canú).  Huxley había sido el ganador del Jockey Club de ese año '62 (abonó diez pesos redonditos por cada dos apostados). La polla de potrillos fue para Ukase, el Jockey Club como quedó dicho, para Huxley, el Nacional lo ganó Irmak (Cayetano Sauro) y el Pellegrini se lo llevó Tierno (Irineo Leguisamo). Algún día habrá que hablar  de este Pellegrini, porque mis jóvenes ojos –y los del resto del público– no podían creer lo que Legui hizo aquella tarde.

La yegua New England era la descartada de la carrera. Jugué 25 ganadores: 50 pesos m/n de la época y apuesta mínima posible. La yegua ganó fácilmente y abonó 2,20, así que jugué 50 pesos y me pagaron 55. Con la ganancia me tomé un café. De ahí hasta la 8va. carrera, última del programa, no acerté más nada. 

Mi debut no fue muy exitoso que digamos, pero el viernes 17 de Agosto, feriado nacional, apenas dos días después de mi debut, antes de que largaran la primera, yo ya estaba en el hipódromo. No me fue mucho mejor que el dia del debut. Me mandé el programa entero de ocho carreras y apenas acerté una: el caballo El Delta, piloteado por Carlos Riero, a un dividendo de 3,20 por cada dos. Como para desalentar a cualquiera, pero… la pasión ya se había desatado. Y por muchos años se mantuvo viva. 

Repasemos algunos datos que quedaron grabados en mi memoria y que me parece útil recordar. Los valores se expresan en pesos moneda nacional de la época, moneda a la que ya le han mochado ¡13 ceros!; pero esa es otra historia.

Revista "Palermo":  20 pesos.
Entrada a la Popular: 15 pesos.
Entrada al Paddock y Tribuna Especial: 60 pesos (podía pasarse de una tribuna a la otra por el pasaje subterráneo que pasa debajo de la entrada a la Tribuna Oficial)
Entrada a la Tribuna Oficial: 500 pesos.

Haciendo un ejercicio, manteniendo las porporciones, hoy la entrada a la popular (que ya no existe), debería costar el 75% de lo que vale una revista. O la entrada a la tribuna Paddock debería costar 3 veces el valor de la revista. Curiosamente, los valores, aunque con 13 ceros menos, se asemejarían a aquellos del '62. La jugada mínima de aquellos años era de 25 boletos (50 pesos) y 100 pesos costaba el vale de la apuesta triple.

En este largo camino, es de suponer que los episodios y anécdotas se atropellan por salir de mi  alicaída memoria, y como remate de estos humildes recuerdos, ahí va uno vivido en el Hipódromo de San Isidro.

Tarde fatal aquella. No había acertado un ganador y en el grilo solo quedaba un billete de 100 pesos moneda nacional. Después de dar vueltas y poner la revista del derecho y del revés, no se me ocurría nada. Leguisamo corría a un número 17, de nombre Elonce, y sin pensarlo más, allá fueron los últimos cien mangos a la ventanilla del 17, para convertirlos en dos boletos de 25 ganadores cada uno.

Me ubiqué en la parte alta de la tribuna popular para ver la carrera.  Calculen cuantos metros hay desde esa tribuna hasta el disco. Y no había circuitos cerrados de TV. Para ver la carrera había que ir a la tribuna.

Largaron la carrera y cuando el malón pasó frente a la popular, no lo encontré al mío. A la altura del paddock lo divisé avanzando por afuera. Me salió un tímido “Vamos Legui”. Cruzaron el disco y no me parecía que hubiera alcanzado. Un veterano que estaba a mi lado me dice:
  –¿Jugaste a Legui, pibe? 
  –Sí.
  –Ganaste vos.
  –No, no alcanzó.
Y como si mi dicho hubiera significado una ofensa para su sabiduría burrera, me tomó paternalmente del brazo y me dijo: “Mirá pibe, Legui nunca usa la fusta, a menos que sea indispensable para ganar, y la sacó faltando unos 30 metros. ¿Entendiste?”.

Lentamente comencé a descender los escalones de la tribuna y enfilé para la verja que separaba la popular del paddock. Subieron la verde, pusieron una, dos, tres, cuatro chapas, entre ellas la del 17. Cuando llegué a la verja, salían del paddock unos tipos con plata en la mano al grito de “Voy al 17 y doy la fila”  “¿Será posible?”, murmuré.

Luego de unos minutos que me parecieron horas, bajaron la verde y aquel viejo burrero curtido en cien finales tenía razón: adelante Legui por el hocico a 7,40 por cada dos apostados. Entonces si, el grito que esperaba en mi garganta soltó el “¡Legui viejo nomáaaaaaasssss!” que se prolongó hasta la afonía. Regresé a la tribuna a buscar al hombre, quería abrazarlo, felicitarlo, qué se yo, algo. Pero ya no estaba.

Pido disculpas a aquellos que tengan la deferencia de leer estas líneas y a quienes no les gusta el término “burrero”, pero con ese nombre nos definió la historia y, por lo menos a mí, no me incomoda.




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1 comentario :

  1. ¡Grande, don Ernesto! Uno de los más lindos relatos que he leído acerca de esta pasión que compartimos: las carreras, el tango y la pluma. Guardo en mi memoria desde pibe esos nombres majestuosos de caballos como Sideral, Yatasto, Manantial... de maestros como Saurito, El Pulpo, "Jotapé" Artigas... Mi padre, cronista de turf en los años '60 en la vieja LT3 Radio Cerealista de Rosario, conocedor de pedigree de SPC como he visto pocos, me sembró en la sangre este amor por los caballos de carrera que hizo mi vida un poco más linda (a pesar de los muchos boletos y vales rotos en mil pedazos).

    Muchas gracias por alegrarme el alma con sus recuerdos y su pluma ágil y cautivadora. Muchas gracias.

    Nobel Clemar Passaglia.

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