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En las Ruinas de Cayastá
Cuando hacer periodismo gráfico es tener un privilegiado palco a la historia

Por Nobel Clemar Passaglia
La orden venía directamente de Julio Ramos, el dueño y director de Ámbito Financiero: cubrir sobre el terreno, en Cayastá, la expedición científica que acababa de hacer en el río San Javier el mayor descubrimiento arqueológico en Argentina hasta ese momento: las ruinas sumergidas de Santa Fe La Vieja, primer asentamiento humano fundado como ciudad en América latina por los conquistadores españoles. 

Y esa orden venía con doble carga: cumplirla sin andar remoloneando, permanecer todo el tiempo posible en el lugar y sin errar un tranco de pulga en el encargo; porque daba la casualidad de que al director no sólo lo apasionaban los descubrimientos arqueológicos, sino que los científicos que comandaban la expedición eran amigos suyos. 

Así que la opción de ligarse un repaso de quien, además de ser el mandamás, tenía un genio que no era para andar tomándoselo a la ligera, no era algo que estuviera en la lista de conveniencias de ningún periodista del diario.

Por suerte para un servidor,  el jefe de la corresponsalía para Santa Fe y Entre Ríos, Gustavo Meneghello, al que la arqueología lo atraía tanto como al perro la cebolla, me asignó el mandado, cosa que le agradecí porque la arqueología fue siempre de mi especial interés periodístico.

Y allá fuimos, mi jefe y yo, una soleada mañana de abril, a meter el hocico en la Primera Excavación Subacuática en Aguas de Visibilidad Cero de América Latina, expedición arqueológica emprendida por la Universidad Nacional de Rosario y la Fundación Albenga con la que se acababa de descubrir que las tres cuartas partes de las ruinas del primitivo asentamiento fundado por Juan de Garay en 1573 y que descubriera Agustín Zapata Gollán en 1949 se hallaban sumergidas en el lecho del río de Los Quiloazas (actual San Javier), en lo que hoy es el distrito comunal de Cayastá. 

Con más de dos toneladas de equipo de última tecnología, arqueólogos buzos noruegos experimentados en las frías y peligrosas aguas del Mar del Norte y un numeroso grupo de investigadores, compuesto por prestigiosos arqueólogos argentinos y uruguayos y estudiantes universitarios, desplegaban allí una frenética actividad sobre el solar donde fuera emplazada originalmente, a mediados del siglo XVI, la primitiva ciudad de Santa Fe; que casi un siglo después y como consecuencia de las frecuentes inundaciones por las crecidas del río, los ataques de los indios y otros conflictos, tuvo que ser trasladada a su actual ubicación, donde adoptó el nombre definitivo de Santa Fe de la Vera Cruz.

Un palco de privilegio

Foto tras foto, anotación tras anotación, registrando cada detalle de lo que estaba viendo hacer a los arqueólogos y sus asistentes en la orilla el San Javier, me fui enterando por voz de Javier García Cano, jefe de la expedición, y Mónica Valentini, la segunda a cargo, de todo lo que estaba ocurriendo bajo la superficie; que era lo mayor, más pesado y peligroso de las tareas.

Allí, en cuadrículas de un metro cuadrado, trazadas metodológicamente sobre el área a relevar por los buzos tácticos, cada uno de ellos trabajaba una hora y era relevado, puesto que las condiciones extremas en las que trabajaban (visibilidad nula, frío del agua y otros factores) no les permitían estar sumergidos más tiempo del establecido sin perder precisión en la búsqueda por efectos del cansancio y la desorientación, así como por el consumo de oxígeno en las botellas.

En esa descripción precisa y fluida de Cano y Valentini estaba concentrado yo con mis notas cuando emergió de las aguas, como un negro y brillante monstruo mitológico con un solo ojo y respirando por una tráquea fuera del cuerpo, un buzo (confieso que no es tan en broma porque apareció tan de golpe, tan cerca de donde estábamos y haciendo tal ruido al palmear el agua, que entre sorpresa y susto, me quedo con el susto)

El "monstruo negro", que había resultado ser un rubísimo joven noruego de ojos azules cuando se quitó la máscara de buceo, mostraba con una sonrisa de oreja a oreja un fragmento de cerámica negra (después sabría yo de su origen africano por la explicación de los científicos y del desconocimiento que se tenía hasta ese momento de que en la población original habitaron individuos de raza negra). 

Así, inmersión tras inmersión y bajo la mirada atenta de los arqueólogos, que a cada extracción de un objeto mostraban con alegría su propia sorpresa, me fui enterando más y más de la historia de esas ruinas que permanecieron ocultas por más de cuatro siglos. Una historia que como periodista y como santafesino no deja de asombrarme cada vez que rememoro esos irrepetibles momentos en los que pude presenciar el descubrimiento de una parte importante del pasado de mi provincia. Desde un palco de privilegio y con el relato en vivo de científicos que enorgullecen a la arqueología argentina.

No debe haber nada más emocionante para un periodista que ser el primero de su oficio en estar ante lo recién descubierto y poder dar noticia de ello. Y tanto lo fue para mí, que en el viaje de vuelta a Rosario y por la ansiedad de ver publicado en la edición del día siguiente lo que había visto y oído, escribí a mano en un cuaderno la nota completa (en esos años, las notebooks eran casi inhallables en el país y las tablets eran todavía una ilusión); bajo la mirada de reojo y la sonrisa burlona de mi jefe, que iba al volante con más interés por la arqueología que el que llevaba a la ida. 

Un año después vinieron otras notas y en otros diarios. Pero esa es otra historia.


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