● Los créditos del stud

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¡Y cruzaron el disco!
Entre burros y periodistas

Por Nimás Nimenos

Los créditos del stud "El periodista de Cuarta" vienen corriendo en los últimos años en toda cancha y categoría. Basta con prender la tele, la radio o abrir un diario cualquiera para encontrarse con un haras completo de esos cuadrúpedos de dos patas. De la categoría "Perdedores", la mayoría; o en el mejor de los casos "Ganadores de una" y porque todos los demás fueron al bombo. Pero, curiosamente, todos con inventado cartel de crack y con unas ínfulas que no los aguanta ni la que los trajo al mundo. Eso sí: mucho florearse ante la popular como si fueran el Yatasto del periodismo, pero que para saber dónde tienen la cola o el hocico se los tienen que tocar. 

Y ni hablar de los que echan a correr en las cuadreras periodísticas de los pueblos. Ahí sí que hay morrales para llenar. Basta con que el carnicero, el farmacéutico y el intendente del pueblo les faciliten unos pesitos en avisos para poder largar con algún programita mediopelo en la FM local y ya se acomodan en el "fierrito" con voz de FM y actitud de Larry King para pegar una impresionante atropellada de frases estúpidas, convencidos por su propia estupidez de que ellos son lo mejor del éter (palabra antigua si las hay) y los oyentes son todos estúpidos.

En los diarios pasa lo mismo, pero con ventaja de media cabeza para los entintados, porque aunque también corren de sentados, tienen tiempo de corregir la trayectoria que llevaban, cosa que la radio no permite, Lo que salió, salió.  Los gráficos tienen ese changüí: si por ahí se dan cuenta -cosa rara- de que estaban por pegar una rodada brava con lo que venían escribiendo por adentro, ahí nomás levantan, sacan para afuera, se vuelven a apilar sobre el teclado y escriben otra barbaridad peor que la anterior, pero esta vez convencidos de que van directo al Pulitzer. Aunque después no los lea ni la suegra; ni siquiera para criticarlos ante la hija. O el hijo, si es que la que estuvo por pegar la rodada en el codo era yegua (sin ningún sentido peyorativo, claro; sólo a efectos descriptivos de las cuestiones equinoperiodísticas que nos ocupan)

Basta con abrir cualquier diario en cualquier página para ver cuánto clavan en el cronómetro. Si los horrores de ortografía, los desastres sintácticos, los mismos conceptos repetidos una y otra vez, las faltas de concordancia, las frases inconclusas o los verbos mal conjugados o rebuscados fueran velocidad, batirían todas las marcas mundiales.

Por el palo de los 600


A esta altura de la carrera hay que aclarar -para que después no haya reclamos en el comisariato- que todos esos zainos, alazanes, tordillos y de todo pelo y pedigree que salen a la cancha (como se le llama a la pista en dialecto burrero) con el jockey vistiendo las sedas amarillo y rojo a franjas verticales de la caballeriza en cuestión, no llevan esos colores y formas porque los propietarios del stud sean hinchas del Barcelona. No, no. En el caso de esta singular casa burrera los colores son puramente descriptivos de sus pensionistas.

El amarillo es por el modo de amarillear la información que tienen los pupilos de esa caballeriza. El rojo por su maña de volcarse siempre a la izquierda, sobre los palos del marxismo (o cualquier otro "ismo" propio del tonguero comunismo) y las franjas horizontales en señal de que se la pasan horizontal todo el día, durmiendo la siesta en el box en vez de ponerse a estudiar bien la carrera periodística que les toca correr, aprender de los más grandes ganadores clásicos de la pluma y el micrófono, chequear bien las fuentes (y no precisamente las de los tallarines con tuco) antes de entrar a las gateras, largar sin hocicar o chanta, poner toda la sangre pura de carrera periodística en el desarrollo, no importa si el tiro es largo o es corto... Es decir: ser dignos SPP desde la campana de largada al disco.

Pero, con lo de "pura sangre" en cuarentena, la flojera en los remos a la hora de levantarse de la cama, el mañereo en aprender de los que saben, el no acertar en las fuentes de las que tienen que nutrirse, la costumbre de hocicar apenas largan (si es que no largan chanta) y la tendencia a volcarse para el lado que más les gusta, es como sabía decir Don Pancho Martino, un viejto de lunga experiencia en tardes turfísticas en el Independencia de Rosario, cuando campaneaba en la redonda a los que les había jugado el resto; "Con semejantes burros, adiós mi plata".  

Menos mal para Don Pancho (se fue a los hipódromos celestiales hace ya unos cuantos años) que no tuvo que campanear a los burros del periodismo actual, porque con sólo mirar de reojo lo que aparece hoy en día en la Palermo Rosa de la prensa doméstica, hubiera dejado el vicio en el acto. Se habría quedado cómodamente en casa, con la patrona contenta cebándole mate y con su platita bien segura en el grilo.

Sin "reprise"

Lamentablemente, como Don Pancho, ya no reprisarán los tiempos en los que para correr en el oficio del Cuarto Poder había que ser un pura sangre periodística de verdad, Hoy, a cualquier matungo mestizo, salido de vaya uno a saber qué horno de ladrillos, se lo anota en los clásicos más exigentes (nacionales e internacionales) sin que al que lo anota se le mueva un pelo de vergüenza ni al anotado se le mueva una crin (si se me permite el neocaballismo) ni por el viento, porque a la vergüenza no la conoce. Y encima, como si fuera poca la ofensa a la inteligencia de la afición, al pretendido crack se lo florea en los paseos frente al paddock, donde se supone que está la cátedra más entendida, como si fuera el Telescópico del periodismo; por cierto el último en ganar la Cuádruple Corona argentina, hace casi 40 años. (Lo que indica que hasta los caballos vienen perdiendo calidad, no sólo los periodistas)

Pero la culpa no la tiene el caballo sino el que le da de comer. Los dueños de los medios (que en este caso serían los propietarios de los equinos en cuestión) y los cuidadores (o "trainers", que queda más "cool"), que vendrían a ser lo que hoy en televisión, radio o gráfica se conocen como gerentes de contenidos o programación, secretarios de Redacción, etc., los mantienen a avena engreidora, los anotan en cuanta carrera se presente, los hacen correr en cualquier pista (normal, pesada o fangosa; les da lo mismo, porque, para perder, cualquier cancha es buena) y les hacen una publicidad que reíte de los esgunfiantes avisos de la tele "Mandá Sexo al 2020". 

Y así hasta llegar al tan ansiado día del "Gran Premio Nacional" (léase APTRA), donde se ve a cada mancarrón nominado a la estatuilla dorada con la cara de Martín Fierro (el simbolismo para la cara de la estatuilla, nomás; porque la de los nominados, de fierro de verdad, ¡Y qué fierro!), que uno los mira y se pregunta si el marmota es uno por ponerse ver la premiación, son marmotas los "galardonados" pero no lo saben, o los que les dieron el premio y sí saben que los premiados son marmotas pero se los dan igual porque corren para el stud que a ellos les conviene. Como sea, el primer marmota es uno porque mira esa premiación, tan dudosa como los méritos de los premiados, y les engorda el rating. O dicho en términos burreros: uno es el gil que va y juega una plata que se llevan los vivos.

Y guay si se agencian el preciado galardón, porque ahí sí que se suben al escenario con aires de haber ganado la Cuádruple Corona. Van vestidos de esmoquin y zapatillas (porque ellos son lo progre, lo revolucionario, ¿viste?) y con cara de "yo me merecía este premio" se mandan unos discursos aleccionadores acerca de la libertad de prensa y el ejercicio del periodismo que te la voglio dire. Como si a la libertad de prensa y al periodismo los hubieran inventado ellos y vienen a reclamar por sus derechos de autor.

Una fija

Discursos que no se agotan ahí, en esa noche de luz, color y falsedades. No. Siguen al otro día en sus respectivos medios, pero con los egos más agrandados, como si al dormir esa noche un sueño revelador les hubiera dado la llave de todos los secretos del periodismo y los hubiera ungido emperadores de la justicia mediática (¡Ave, Periodistum Militantis!), con la condición obligada de dar clases magistrales a sus ignorantes colegas acerca de la libertad de prensa, la importancia de la pluralidad de voces para la sociedad y de lo mucho que ellos, los galardonados, pueden hacer con sus "ultracapacidades" para "salvar al pueblo de las garras de los grupos mediáticos hegemónicos". Todo de punta a punta, con la fusta abajo del brazo y sacándole veinte cuerpos al segundo, a lo crack; que por algo los habían premiado, qué tanto. 

Claro, no hay que olvidar el viejo dicho de que en el hipódromo de los ciegos, el caballo tuerto es rey. Pero para no amolar demasiado con este asunto y antes de que cierren las ventanillas, una fija: en la primera de San Isidro, el domingo, hay que jugarle con los ojos cerrados todo lo se tenga en el bolsillo y se encuentre en el monedero de la patrona a cualquiera de los del stud con los colores del Barcelona. Van a llegar al disco tres días después, pero al menos los colores son ganadores.

Y hablando de fijas: es fija que no va a faltar alguno de ese stud que salte relinchando y tirando patadas por lo que aquí se dice. Más de uno con la antigua cantinela de que no se debe hacer periodismo de periodistas. Pero para que no se manquen doblando el codo, la Comisión de Carreras debería hacerles entender que lo que aquí se ha dicho no es sino en legítima defensa de las sedas del buen periodismo. Fácil de entender para los buenos periodistas, pero difícil de comprender para los caballos.





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